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El vestido de boda, comentario a las lecturas del XXVIII domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

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El vestido de boda, comentario a las lecturas del XXVIII domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A)

Comentario a las lecturas del XXVIII domingo del Tiempo Ordinario. ABC, 13 de octubre de 1996.

Estamos acostumbrados a oírlo los creyentes, y los ateos ni se lo plantean, pero lo realmente importante es que Dios quiere que todos los hombres nos salvemos y lleguemos a la felicidad. Hemos sido creados para el amor y el gozo eterno. Pero hemos de poner en juego toda nuestra capacidad para lograrlo. Este es el misterio de nuestra vida, presente, fugaz, que se nos escapa sin sentirlo, futuro eterno, compromiso humano, gracia divina. Todo ello se entremezcla en las lecturas de la palabra de Dios de este domingo.

Tanto en Isaías como en el evangelio de san Mateo se nos ofrece la imagen bíblica del gran banquete, que expresa nuestra esperanza en un futuro de total plenitud.

Son los tiempos mesiánicos cada vez más cercanos. Y están invitados todos los pueblos, todos. Es el universalismo de la redención. En Isaías está la descripción maravillosa de lo que Dios ha creado y preparado para que lo disfrutemos todos, aunque no olvida la referencia particular al pueblo escogido, Israel, el pueblo a quien más quiere. Le librará del oprobio, que le mancha, la idolatría, y le dará capacidad interior en su alma para no dejarse seducir por la falsa belleza de dioses extranjeros. Y precisamente se lo presenta a ese pueblo en un momento crítico, ya que está viviendo en circunstancias angustiosas y sin recursos. Dios enjugará las lágrimas, alejará el oprobio, aniquilará el dolor y la muerte. Esta es la salvación, este es el misterioso y gratuito amor de Dios.

En el evangelio, la parábola va también dirigida, como la del domingo pasado, a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. Describe a un rey, que quiso celebrar espléndidamente la boda de su hijo y llamó a los invitados. Pero estos rechazaron la invitación e incluso dieron muerte a los que iban a invitarles. Tenían otras cosas más importantes que hacer y consideraban más merecedores de atención otros intereses. Jesús quiere hacer ver a aquellos fariseos y letrados que obran muy mal al pensar con orgullo en que ellos son los que hacen bien las cosas y explican rectamente la ley. Quiere mostrarles lo ciegos que están al rechazar el verdadero vínculo de unión con Dios y de los hombres entre sí. Sus miras personales les impiden responder a la llamada de Dios a todos sus hijos y se hunden en el absurdo de un legalismo, que ahoga el corazón y mata la religiosidad.

El plan de Dios no fracasa y la sala del banquete se llenará. Porque el rey dijo a sus criados que salieran por los caminos y trajesen a todos los que encontrasen, a participar en el festín. Y así se hizo. Mas entonces sucedió algo doloroso. Uno de aquellos improvisados comensales no tenía vestido de boda por su propia incuria y el rey mandó que lo expulsasen de la sala del banquete.

Es lo de siempre, a toda llamada de Dios hay que dar digna respuesta. No se puede ser cristiano y no cambiar la propia conducta. Cristo hace una llamada a la seriedad del compromiso de cada uno. No se puede entrar sin “vestido de boda”. Hay que asistir con la dignidad que reclama la categoría del que invita. A las invitaciones de Cristo –tantas como nos hace en la vida– hay que responder como merece el que nos llama. Nunca la indiferencia, la desidia, la desgana, ni el vestido sucio. Siempre el decoro y la limpieza del corazón.