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La familia, comentario a las lecturas del domingo de la Sagrada Familia (ciclo B)

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La familia, comentario a las lecturas del domingo de la Sagrada Familia (ciclo B)

Comentario a las lecturas del domingo de la Sagrada Familia. ABC, 29 de diciembre de 1996.

En estos días de Navidad nuestra contemplación se detiene ante el Niño que ha nacido, pasa a fijarse en la Madre, María de Nazaret; y después no puede evitar el detenerse algún momento en la figura más activa y de menos relevancia, José, el hombre servidor de los planes de Dios. Pero, ¿es así como hemos de contemplarlos? ¿Aislados uno de otro? ¿No es necesario reconocer que los tres unidos forman una familia? Esta es la razón de que la liturgia de la Iglesia nos llame a celebrar hoy, en este domingo, la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

El protagonismo corresponde hoy a ese núcleo familiar, tan sencillo, que nadie se fijó en ellos, y tan extraordinario, que ilumina con su luz a todas las familias cristianas del mundo de todos lo tiempos. Nos damos cuenta de que estas fiestas tienen un sentido profundo, entrañable, familiar, en una palabra, aunque el griterío de la publicidad y la propaganda de las frivolidades la socavan y la roban su significación más íntima.

Este domingo debería ayudarnos a reflexionar sobre nuestra propia familia a la luz de la fe. Es mucho ese Niño, a quien adoramos recién nacido. Tras su nacimiento, Belén, Egipto y luego el sencillo transcurrir de los días y los años en Nazaret. Años de silencio en el corazón de tres moradores de aquella humilde casa, en que trabaja un artesano para ganar el pan de cada día. El Evangelio sólo nos ofrece unos breves rasgos. En el de hoy la presentación del Niño en el templo, como lo hacían todas las familias piadosas. La alegría del anciano Simeón es un himno de gratitud a Dios, porque sus ojos han visto en ese Niño al Salvador, luz que alumbrará a todas las naciones. Pero desde el primer momento, la contradicción: será como una bandera discutida. Una sencilla ceremonia, grandiosa para los padres, para Simeón y para la profetisa Ana.

Sus ojos transparentan la fe de su corazón y sus palabras la alegría de sus sentimientos. Y luego un largo tiempo de silencio. El Niño vivía sometido a ellos y crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres. Es un desarrollo íntimo, familiar, profundo, sencillo, cotidiano, envuelto en el amor de la mejor Madre, del mejor padre y del mejor de los hijos. Pero en una familia así, ¿no está todo resuelto de antemano? Si Dios está allí, ¿qué problema puede haber, que no tenga solución? Pues no. “Cristo –afirma san Pablo en su carta a los filipenses– se anonadó, tomando forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres, menos en el pecado”.

En aquella familia hay trabajo, hay dolor físico y moral, hay carencias, que hace sufrir, hay esfuerzo espiritual, que estimula y mueve a cumplir la voluntad del Señor, hay ayuda recíproca en su convivencia de cada día, hay trato de amistad con los vecinos y de atención a las exigencias del parentesco, hay obediencia a la ley civil con las molestias, que podía causar una situación de sumisión colonial a las autoridades romanas, hay en ellos conciencia de que son elegidos para mucho y realidad tan pobre, que no parecen nada. Pero hay fe y esperanza. María guardaba todas las cosas en su corazón. No desconfiaba de Dios. Y así mantenía su fortaleza con una ejemplaridad admirable. Cuando llegó el momento de salir al camino y Jesús empezó a predicar el Evangelio, María le acompañó y no le abandonó jamás. Siendo la apariencia tan débil, fue la mujer fuerte a la que podemos acudir todos en nuestras debilidades.

¿Qué valores enriquecen nuestras familias de hoy? No se trata de ir pasando año tras año sin dar vida a cada uno de los años. Es necesaria la reacción vigorosa de las familias cristianas, si no se quiere ver convertida en escombros la realidad familiar, de la que depende el porvenir de la sociedad. En todas partes es hoy atacada sin piedad. Mientras los padres sufren, juzgando irremediable la situación creada en muchos ambientes, los hijos se entregan a las más locas aventuras de una libertad desenfrenada, de la que ellos mismos serán víctimas prematuras, sin posibilidad de encontrar una mano salvadora.